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Historias de Switchers III
Por GONTZAL

29/7/2004

Bueno, pues yo no trasteé con Amstrads ni con Ataris en el cole. Mi cole era de pago y de curas, pero sin ordenadores (para qué, si existía el papel calco), así que jamás utilicé nada que se pudiera parecer a un ordenador (salvando los jueguecitos de tenis en la Telefunken de B/N y el Comediscos que se tragaba los vinilos de Mari Trini y Jeannette).

También es verdad que nunca lo necesité (quién iba a necesitar un ordenador a mi edad, que no hacía más que jugar en la calle con mis vecinos y aguantar las broncas de mi madre) hasta mucho más tarde.

Una iniciación un tanto atípica

Mi primer “encontronazo” con la informática se remonta al año 88, cuando después de terminar la carrera de Derecho obtuve mi primer trabajo en un importante banco de inversiones japonés.

La verdad es que tampoco necesitábamos la informática –la única “compiuta” (nombre que los japoneses le daban) estaba en el Departamento de Contabilidad (todavía se utilizaba el telex para todas las transacciones y comunicaciones y, en un ambiente japonés de aquélla época, aún nos obligaban a hacer las cosas “a manubrio” y a firmarlas con nuestro sello personal, que todavía guardo por algún sitio).

Sin embargo, un compañero del Departamento me empezó a hablar de unas cosas que se llamaban “hojas de cálculo”; y eso ¿qué es lo que es? “Eso lo tengo que saber hacer yo”, me dije.

A raíz de aquello, me encargué de adquirir un flamante Inves que no tendría ni 20 megas de disco y usaba disquetes de 5’25, junto con una magnífica (¿?) impresora matricial de 9 agujas que nunca logré que estuviera bien calibrada.

Subí mi ordenador a casa, lo conecté todo según el manual, le di al botón de encendido y,…, allí estaba esa magnífica pantalla en negro con una especie de guión parpadeante. Como un idiota me quedé mirando la pantalla sin saber qué hacer hasta que decidí llamar a un amigo y preguntarle qué tenía que hacer, a lo que respondió: "¿qué sistema operativo tiene?" ¿Cómo, “eso” lleva sistema operativo? ¿y dónde lo tiene?.

En fin, acabé instalándole lo que creo que era el DOS 5.1 o algo así, hasta que acabó con el 6.0.

Utilizaba programas de hoja de cálculo como Symphony (creo que, bien propiedad de Lotus, bien primera andanada de éste; magnífica y en mi opinión mejor que Excel) y procesadores de texto tipo Ability.

Entre medias, me ocupé varias veces de formatear por descuido el disco duro, cargarme todo lo que había hecho y proferir contra mí y mis antepasados –para eso son míos- todos los insultos que se me ocurrían.

Ya sabía que los Mac existían, pero...

Al año de empezar a trabajar (1989), la que luego sería mi Santa y a raíz de un anuncio en el periódico de una empresa que se llamaba Apple, inició lo que se dio en llamar APPLE BUSINESS SCHOOL, un curso de formación para comerciales de productos MACINTOSH (¿?).

La verdad es que ni ella ni yo sabíamos qué era eso, pero era la entrada a un primer trabajo, así que lo hizo, lo terminó y fue captada por lo que antaño se denominó Apple Centre COMPOLASER (lo que ahora en otros países ha pasado a denominarse Apple Store, salvo que aquello era gestionado por terceros).

El primer Mac (en realidad eran Macintosh, si bien se abreviaban Mac) que yo recuerde haber “tocado” fue un SE/30 y ya me llamó la atención: era pequeñito y ¡tenía sólo una ranura para discos de 3,5”! Después vinieron los Classic, Classic II, Performa, etc.

La verdad es que en algún momento mi por entonces novia y yo nos planteamos comprar uno, sin embargo, recuerdo que los precios eran verdaderamente exorbitantes para una configuración mínima.

En el ínterin, ya había dejado el Banco, inicié un curso de Post-Grado (odio llamarlo MASTER, pues sólo soy maestro en ser un desastre) fruto del cual, y tras varias idas y venidas, acabé prestando mis servicios en un despacho de abogados cuyo titular era un enamorado de la informática. Por aquélla época empezamos a conectar los ordenadores en red (con cable coaxial que daba más problemas que una escopeta de feria) y empezamos a utilizar aquél Windows para trabajo en grupo.

Como quiera que ya el Sistema daba problemas, intenté convencerle (era un profesional “pudiente” y se podía permitir la inversión) de comprar ordenadores Macintosh, pero el sempiterno problema de la compatibilidad (trabajábamos siempre con hojas de cálculo: Symphony y Lotus, procesadores de texto: Ability, I-7, Word Perfect y bases de datos de las que ni recuerdo de los nombres) me impidió ser lo suficientemente convincente.

Mi independencia laboral

En el 97 me independicé y haciendo un alarde de inversión adquirí un Toshiba portátil con pantalla a color de matriz pasiva (si te movías no había manera de ver un pimiento) que aún hoy sigue funcionando (creo que lo sigue teniendo mi hermana por ahí).

Tengo que reconocer antes que nada, que quizás por haber adquirido siempre peceras de renombre no he tenido problemas con los ordenadores salvo, claro está, los clásicos problemas de Windows con sus cierres aleatorios, “la aplicación ha ejecutado una operación no válida y se cerrará”, “ahora debe reiniciar Windows”, etc; pero nada de importancia (de aquélla época me viene la manía de teclear Comando+S –Alt+G- cada vez que dejo de escribir, al haber perdido una buena cantidad de documentos).

Siempre me llevé bien con ellos; nunca los maltraté, nunca me hicieron grandes picias (insisto en que nada fuera de “lo normal”: reinstalación de sistemas, reinstalación de drivers, etc., etc.). Jamás un ordenador mío ha pisado un servicio técnico (salvo por lo que más adelante contaré) y no porque yo sepa de informática más que todo el mundo; lo que pasa es que se hacer lo que los servicios técnicos hacen: pensar, cerrar, volver a abrir, reinstalar, despotricar, formatear,…

Tras pasar por un Compac 150 con 2 gigas de disco, acabé comprando uno de los que yo creo mejores ordenadores que he tenido y sigo teniendo: un ladrillo llamado IBM ThinkPad iSeries (qué casualidad, no me había dado cuenta hasta ahora de la “i” delante de Series): un Pentium III a 500 megaherzios con 192 megas de RAM que no hay quien rompa; ni el mismísimo Puentes.

Siempre he sido usuario de portátiles por la facilidad de trabajar en casa o poder irme un fin de semana largo sin preocuparme de dejar el trabajo para otro día.

La familia crece y yo... fumando espero mientras miro la parada del autobús

Al poco tiempo nació mi primera hija y para el evento (y para el futuro) adquirí una cámara de vídeo digital con objeto de no perder ni un momento de nuestras vidas desde ese instante y que tanto ella como lo que posteriormente viniera (y vino), lo disfrutaran como yo disfruto de las películas de 8mm que “editaba” mi padre.

Con mi flamante ThinkPad y mi software de edición me las vi y me las deseé para pasar las cintas a VHS, pero al final desistí, ya que era un trabajo muy tedioso (un montón de cables entre la cámara y una estación de edición y el ordenador, parsimonia en la transferencia de imágenes, etc.)

Yo soy fumador empedernido y comoquiera que dentro de casa no fumo por respeto a mis hijas, acostumbro a fumarme los cigarrillos asomado a la ventana de la cocina que da a una calle transitada y en cuyo foco directo hay una parada de autobús.

Y ¿qué?

Que un día, fumándome un cigarrillo, lo vi. Ahí estaba, en la parada del autobús: Vi el nuevo iMac de pantalla plana con esa extraña base en la “entraba todo”. Le pregunté a mi Santa y me habló muy bien de él, pero no hice nada (solamente seguía soñando con cambiar).

Por razones de trabajo y por hacerle un favor a un compañero, ese mismo año compré todos los bienes que componían el activo de una sociedad quebrada (que no eran tantos), y entre ellos había 3 iMacs revisión B, un par de LC’s, una Apple Laser Writer, varios monitores y otras cosas de lo más variopintas.

Me ocupé de revender todo, regalar los iMacs, las impresoras y un monitor (incluido uno de 21 pulgadas de los de a 700.000 “antiguas”) y aún así me quedé en paz respecto a lo que yo pagué por el lote.

Entonces lo volví a ver: allí estaba la “lamparita” mirándome con ojos de cordero degollado: “cómprame, cómprame”.

Cogí la moto y me acerqué a la oficina de mi mujer: “oye, que quiero el iMac”; pero, “¿para qué lo quieres?”. “Lo quiero y punto. Me ponga uno para llevar”.

Lo instalé; por cierto, qué fácil instalación y qué rápida (instalé también los programas básicos de MS), logré (no sin muchos quebraderos de cabeza) conectarlo con el IBM vía ethernet y …. Seguí trabajando. Seguí trabajando sin problema; todos mis archivos estaban ahí, todos los podía abrir, se veía mejor, era más agradable el sistema operativo. Era una locura:

¡¡POR FIN UN MAC!!

Pero es más. Llevé la cámara de vídeo al despacho, la conecté vía firewire, e iMovie se puso a funcionar a una sola orden mía.

Transiciones, edición de volumen, inserción de audio y … tatachán … primera película editada (una ñorda, todo hay que decirlo, pero era el vídeo del nacimiento de mi primera hija y aún hoy todavía se me salta alguna lagrimita cuando recuerdo la edición). Grabo un DVD (el primero salió bien, con los demás tengo el problema de todo el mundo respecto al soporte de plástico), lo pongo en el reproductor de mi suegro (yo no tenía por entonces) y funcionó.

En fin, una maravilla: No tenía que reiniciar, no tenía que reinstalar, no me salían pantallas azulonas con un recuadro de “ADVERTENCIA:”. Hasta hoy, que no puedo aguantar hasta ver el nuevo diseño del iMac G5.

El único problema que tenía es que la edición de vídeo la tenía que hacer los fines de semana en el despacho y eso ya me parecía una locura: estar toda la semana trabajando en la mesa y el fin de semana con mi hobbie preferido.

Nada, que tengo que comprar un portátil con superdrive y, cómo no, de Apple.

A principios de 2003 (creo recordar) salieron los nuevos PowerBook G4 Aluminium (mi iMac se llenó de PDF’s de las características y posibilidades, ya que la inversión no era desdeñable) y de nuevo cogí la moto para ir a comprar un PB de 15 pulgadas con el que sustituiría al ThinkPad y que utilizaría a la vez para mi entretenimiento.

Cuando llegué a la tienda (otra vez la de mi mujer) pregunté ¿tenéis en stock? La respuesta fue que sí pero que los tenían apalabrados, a lo que yo respondí que hombre, que hicieran una excepción, que yo “soy quien soy”.

¿Y por qué un 15” y no un 17”? La inversión se ponía muy cuesta arriba para un capricho (en el fondo no deja de ser eso) y no me decidía, a lo que me contestaron si había visto el 17".

Tenían uno (el único, ya que acababa de salir) y me quedé completamente desencajado: sabía que tenía que ser mío (“total, la diferencia en realidad no es de más de 500 euros” –me auto convencí-).

En abril ya tenía el mío.

Ahora puedo decir que en mi tiempo libre (ese poco que te deja el trabajo y la familia) soy absolutamente feliz con mi hobbie: edito vídeos “caseros”, paso música al ordenador, la transfiero al iPod, paso las películas –legales, claro- a DivX para que mis hijas las vean donde quieran cuando salimos unos días, trasteo con Garage Band, husmeo con la Airport Extreme por el mundo (qué poco alcance, oiga), sincronizo con la Palm, hago fotos con la digital, las paso por iPhoto y me hago mis DVD’s con sus magníficas transiciones, capítulos y música de fondo que encantan a quien los ve (lo típico: “¡qué chulada! ¿cómo lo has hecho?), etc.

Y lo más importante: TODO FUNCIONA BIEN (sobre todo el Power Book en invierno, que da un calorcito que no veas).

Y ahora, para terminar, mi única asistencia al servicio técnico

Hace quince o veinte días, al mover la silla del despacho para levantarme, no me di cuenta de que el PB estaba en el “ala” de la mesa, un poco hacia fuera, y “mi tessssoro” se cayó desde un metro de altura después de ayudarle yo un poquito con la silla.

Casi me da un infarto.

Con mucho cuidado lo recojo, lo vuelvo a poner encima de la mesa, le doy con mucho miedo al botón de encendido y,… FUNCIONA pero … HORROR, ha caído de punta por el lado de inserción de los discos y se ha abollado la Superdrive. Inserto otra vez con miedo un CD y, … TAMBIÉN FUNCIONA. Es increíble; todo sigue igual.

¿Por qué el servicio técnico?: para cambiarle la carcasa inferior.

GONTZAL

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Historias de Switchers I, por MacAlvy

Historias de Switchers II, por Masivi


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