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¿Philip K. Dick soñaba con ovejas eléctricas?
Las obras de ciencia ficción no son profecías pero inventan el futuro y el presente, por Liam O'Neil

12-05-2.002



Estoy releyendo los libros de William Gibson uno a uno, y es curioso: en muchos aspectos ya se ha quedado un poco antiguo. Todo el rollo cyberpunk suena a prehistoria, y se supone que es el futuro. Y sin embargo creo que sus relatos siguen teniendo una gran vigencia.

Ciencia ficción, ciencia-ficción, ficción científica, o como se quiera traducir el término science fiction... el caso es que el género sigue teniendo una enorme vitalidad en la literatura, el cine y el cómic. Actualmente, cuando la tecnología está transformando nuestro mundo casi de una semana a la siguiente, muchas de las obras de este género, a veces considerado "menor" cobran una renovada importancia.

¿Julio Verne se equivocó, acertó... o empató?

La ciencia ficción no es una profecía. Aunque a algún autor se le puede ir la olla y acabar creyéndose el enviado de Dios, y hasta fundando su propia religión, lo normal es que el escritor sea consciente de que está inventando. También sería deseable que el lector lo recordara. Como mucho, esa invención puede ser una proyección del presente hacia el futuro: "si las tendencias actuales continúan, me imagino que dentro de equis años la vida será así". O no.

Por eso me aburre aquello de "2001 se equivocó", o "2001 acertó". Ni una cosa ni la otra. Kubrick y Clarke utilizan el numerito como una nueva vuelta del taxímetro y por tanto como símbolo de un nuevo ciclo en la historia de la humanidad. No es una predicción de lo que iba a suceder literalmente en los 12 meses que hemos identificado con ese número.

Todavía más claro es 1984 (ya lo sé, es discutible que podamos adscribirlo al género). En1984 abundaron los artículos demostrando que las profecías de George Orwell para ese año se habían cumplido (según unos) o habían fallado (según otros), ignorando unos y otros que el número se lo inventó Orwell dándole la vuelta a las dos últimas cifras del año en el que escribió la novela. No era una profecía, sino un ejercicio de proyección de lo que estaba sucediendo en el presente: si el estalinismo de 1948 se extiende y consolida, ¿cómo será el mundo dentro de algunas décadas?

Es verdad que hay aciertos asombrosos. La lista de las cosas que intuyó Julio Verne, por ejemplo, es impresionante. Aunque también habría que hacer la lista de las cosas en las que no acertó.

Mucha de la ciencia ficción anterior a los años 80 anunciaba un futuro lleno de vuelos espaciales y no veía ni de lejos la existencia de los ordenadores personales o de Internet. Una excepción notable es The Door Into Summer, de Robert Heinlein (1957), en el que la vida del año 2000 está caracterizada por todo tipo de dispositivos programables muy cercanos a nuestros chips y ordenadores personales. Sin embargo, también contiene muchos detalles en los que "se equivoca": los ingenieros hacen sus planos en una máquina programable tipo CAD pero redactan sus cartas en máquinas de escribir.

Muchas historias de ciencia ficción ni siquiera tratan sobre el futuro. De hecho, hay algunas que hablan del pasado. En The Difference Engine, William Gibson y Bruce Sterling describen un mundo en el que la máquina diferencial de Babbage -el primer ordenador- ha sido plenamente desarrollada, aplicada y generalizada, lo que hace que la sociedad del siglo XIX, informatizada a vapor, sea muy diferente a la que conocemos por los libros de historia.

En Man in the High Castle, Philip K. Dick sitúa a sus personajes en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial: las potencias del eje han vencido a los aliados y han dividido a Estados Unidos en varios países vasallos. Uno de los personajes es un escritor capaz de imaginar un mundo de ficción en el que los aliados ganaron la guerra (es pues un juego de espejos; nosotros vivimos en ese mundo que para ellos es de ficción).

Cuando describen el futuro, los autores de ciencia ficción aciertan o se equivocan, pero no profetizan. Simplemente imaginan, que no es poco.

Para qué sirve el planeta Marte

Que a Heinlein le fascinara la tecnología futura parece inevitable: era ingeniero además de ser inventor de historias. Sin embargo, hay otros autores que utilizan los planetas y los siglos como mera excusa.

A Ursula LeGuinn, por ejemplo, le importa un comino la tecnología y le interesa mucho más la psicología de los personajes. El situar sus historias en mundos o tiempos inventados le sirve para liberarse de la servidumbre de la realidad, la verdad histórica, la documentación fidedigna, el detalle verosímil.

Otro escritor muy poco tecnológico es Philip K. Dick (a quien LeGuinn sigue y en ciertos aspectos supera). El hecho de colocar a sus personajes en un futuro lejano, en un presente alternativo, o en una colonia extraterrestre, le permite reinventar las reglas de la realidad. Y es la realidad, precisamente, lo que más interesa a Dick, que se plantea cuestiones como la dificultad -o imposibilidad- de saber si el mundo que nos rodea es real y no una mera alucinación.

Situar a los personajes en otros lugares u otros tiempos, precisamente porque libera al autor de las reglas de la historia y la realidad, y le permite inventarse lo que le dé la gana, es un recurso equivalente al "hace mucho tiempo en un país lejano" de los cuentos tradicionales. Quizá quien mejor lo expresa es George Lucas: "hace muchos siglos, en una galaxia lejana..."

Inventando el futuro y el presente

La ciencia ficción trata frecuentemente con paradojas, y a la vez genera sus propias paradojas.

Al margen de que el autor de ciencia ficción pueda imaginar o extrapolar el futuro, su obra en sí influye sobre el futuro. Hay casos muy llamativos en los que una obra de ficción ha sugerido un concepto para un desarrollo tecnológico real. Así, por ejemplo, una película soviética sobre un rescate espacial, dio la idea a los responsables del programa espacial ruso y norteamericano para desarrollar planes conjuntos, equipos compatibles y alguna misión real como ensayo, para posibles vuelos de rescate.

Otro ejemplo más reciente: aunque nuestra experiencia en Internet todavía dista mucho de las velocidades vertiginosas y la interfaz gráfica unificada e inmersiva de los relatos de William Gibson, el término "ciberespacio", y en gran medida la metáfora de un espacio común donde todos navegamos, fueron aportaciones de dicho escritor a nuestra cultura.

Una obra de ciencia ficción, en cuanto que creación artística, por su propia existencia incide sobre el futuro. Las obras de autores como Brian Aldiss, Ray Bradbury o Rideley Scott están en las bibliotecas, librerías y filmotecas del siglo XXI, y su presencia las enriquece. 2001, una odisea del espacio no predijo lo que sería el año 2001, pero su existencia dio otro sentido a ese año pedestre pero con nombre de película mítica.

Pero hay otra paradoja mayor. Probablemente el valor más grande de la ciencia ficción sea el de dotarnos con medios para afrontar, analizar y aceptar una realidad en constante flujo. En un mundo de aceleradas transformaciones culturales, sociales y tecnológicas, este fantástico y disparatado género de mundos irreales es el que más se acerca a nuestra realidad cotidiana, fantástica y disparatada.



 

 

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