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De repente, Nuria
Contra todo, por Nuria Almirón

30-12-2.002



Dieciséis años después de mi primer contacto con un Macintosh (primero y definitivo, ya no lo abandoné) la estupefacción sigue sin abandonarme a modo de tónica recurrente de los tiempos que nos ha tocado vivir. Desde el primer momento detecté a mi alrededor la hostilidad irracional que genera cualquier intento de hacer algo diferente a la mayoría, de atreverse a emprender un camino distinto, de osar sobrevivir (incluso, en ocasiones, vivir manifiestamente mejor) sin seguir a la masa. Por aquel entonces no lo sabía. Esto es, no sabía que estaba haciendo algo radicalmente subversivo, mi ingenuidad me impedía imaginar que aquella revolución que estábamos viviendo, ostensiblemente entroncada con una mayor libertad de pensamiento, pudiera acabar en un absolutismo regio, en el imperio de uno sólo, en una especie de monarquía totalitaria. Sabía que estaba tomando un camino radicalmente distinto, pero no creía que fuera subversivo. Los años me demostraron cuan equivocada estaba (y muchos usuarios de PC se encargaron en persona de recordármelo mientras publiqué artículos en revistas de su sector).

Durante muchos años creí que el totalitarismo era responsabilidad exclusiva del monarca que lo ostentaba y que esa dictadura era la que provocaba el odio irascible e irracional hacia todo lo que tuviera algo que ver con la disidencia. Después descubrí cuan cierta es aquella máxima de que “cada pueblo tiene al gobierno que se merece”. No pretendo exculpar a los totalitarios de nada, pero es evidente que el pueblo ha participado muchas veces en su ascensión. En el caso que nos ocupa, votando al plutarca Bush, por ejemplo, quien una de las primeras cosas que hizo nada más llegar al poder fue perdonar a Microsoft (veremos cual es la reacción final de los representantes del pueblo a este lado del Atlántico).

Pero los años siguieron pasando y, con ellos, incluso a la fuerza y poder de los dictadores se les adivina un fin no tan lejano. Sin embargo, la hostilidad irracional manifestada por la masa sobre la disidencia sigue haciéndoseme patente día tras día incluso hoy, dieciocho años después del nacimiento del Macintosh, cuando ya es una certeza absoluta que Apple no constituye ninguna amenaza para el Dios de la masa e incluso han surgido otras disidencias en forma de remodelación de antiguos y decadentes sistemas operativos. Puestos a concretizar podríamos decir, sin temor a equivocarnos mucho, que en estos momentos un usuario de Mac se enfrenta por partes iguales en el contexto informacional a una de estas tres reacciones: total indiferencia ante su existencia (en realidad, la mayoría de la gente no opina ni contesta, es como el electorado indeciso que se apunta en el último momento a la baza ganadora); consideración de bicho raro (con una mal disimulada sonrisa de superioridad frente a lo que es considerada una exótica existencia); o franca animadversión (directamente nos odian). En un contexto variado, en el que haya representación de estas tres actitudes, es fácil imaginar que a los primeros y los segundos no les cuesta nada apuntarse a los argumentos de los terceros. Los usuarios de Macintosh somos algo folclórico y, cuando pintan calvas, mejor marcar distancias. Además, somos como un clan, una especie de logia que nos conocemos y apoyamos y es gracias a esta asociación sentimentaloide y pseudomafiosa que Apple ha conseguido sobrevivir hasta hoy. Sería gracioso si no fuera tan lamentable.

Lo cierto es que, si uno se para a analizarlo con detalle, la conclusión a la que llega es demoledora. Porque no puede ser de otro modo. Si acumulo las experiencias de estos últimos meses tengo anécdotas que, no por reiteradas, son menos apabullantes: webmasters de grandes proveedores de equipos de este país que se niegan a corregir sus websites para que puedas finalizar el proceso de compra online desde un Macintosh, directores de departamentos de informática de importantes hospitales soltando irracionales “el Macintosh aquí está prohibido por política de la casa” o ingenieros de grandes empresas de informática afirmando que los Macintosh no pueden estar colgados de Windows Server 2000 porque no ven la red (cuando en realidad son ellos que desconocen que el 2000, al igual que ocurría con el NT y que también desconocían, permite interactividad con otros sistemas pero ¡hay que activarla desde su servidor PC!). Recuerdo con especial desazón la ventana de un site que intenté consultar y que, en lugar de mostrarme su contenido, exhibió la siguiente muestra de talante autoritario: “No es posible mostrarle el contenido de este site porque se ha conectado usted con el sistema inadecuado”. No con un sistema “que no soportamos” o con un sistema “no recomendado”. Sino con el sistema “inadecuado”.

Es evidente que cuando alguien que dedica todas sus horas de trabajo a que un site funcione no le interesa que funcione para todos, que cuando alguien que usa un determinado sistema operativo no se ha molestado en buscar en la Ayuda del mismo si soporta interactividad con otros (antes de desechar a los otros), o que cuando alguien se atreve a tildarte de “inadecuado” simplemente porque no usas lo que el desearía, es evidente, me parece a mi, que el problema no es el Macintosh. El problema son ellos.

Esta actitud, de desdén absoluto, rabia gratuita y desinterés máximo por todas las cosas es una tónica de estos tiempos que corren. La gente no tiene interés por su trabajo, ni siquiera tiene interés por su vida y revierte toda la irritación que eso le produce sobre los demás. Si estos días de frenesí navideño os acercáis a unos grandes almacenes, símbolo máximo del sistema de valores imperante, lo veréis claramente: a los empleados, indiferentes ante los beneficios de una multinacional que les paga un sueldo de miseria, no les importa nada. Ni conocer el producto que venden, ni tratar bien a los clientes, ni promocionarse. Nada. Están atrapados en una espiral de la que es harto difícil salir (aunque, ojo, muchos ni siquiera lo intentan). Y esto les hace estar contra todo.

Será un rasgo de los tiempos que corren o una situación, la del desencanto, que se repite cíclicamente en las sociedades modernas. No lo sé. Pero no nos conduce a nada bueno.



 

 

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