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¿Plus ultra, o non?
Pensar diferente es incómodo y a veces arriesgado, por Liam O'Neil

01-11-2.002



El dios Melkart dio la orden y los sacerdotes de su templo la transmitieron a la población. En obediencia al mandato, la ciudad fenicia de Tiro envió una expedición a Tartessos, el sur de la península ibérica, para fundar una colonia que explotara las materias primas, sobre todo la plata. En el nuevo enclave –Gadir, la actual Cádiz– se fundó un templo dedicado a Melkart que, como el templo original en Tiro, tenía dos enormes columnas flanqueando la entrada.

Algún fenicio con gusto por las metáforas asoció los dos grandes peñones a la entrada del Mediterráneo –Gibraltar y Hacho– con las columnas de Melkart. Más tarde los griegos, que asimilaron a Melkart con Herakles, dijeron que los peñones eran dos columnas plantadas allí por el dios (un fortachón donde los haya). Y dijeron que esas columnas marcaban el fin del mundo. Más allá no había nada excepto el mar Océano.

Las islas míticas

Los fenicios sabían que esa interpretación griega no era cierta. Ellos conocían tierras en el Atlántico norte de donde solían traer plata, cobre y sobre todo estaño, las islas Cassitérides (Irlanda y Gran Bretaña). Pero no les interesaba desmentir el mito del "fin del mundo" para no atraer a la competencia.

Entre los pueblos mediterráneos había personas que creían en la existencia de las Cassitérides. Incluso hubo escritores griegos que recogieron historias fenicias sobre las islas, y algún capitán romano intentó seguir un barco fenicio hasta su fuente de materias primas, sin conseguirlo. Muchos otros, sin embargo, consideraban que las Cassitérides eran un mito. Pero los fenicios que se atrevieron a sortear los peligros sabían que ir más allá de los límites del mundo, romper las barreras mentales, los prejuicios y los temores acarreaba enormes beneficios.

Durante siglos se mantuvo la idea generalizada de que las columnas de Hércules representaban el fin de la tierra, idea que no desapareció cuando el mundo mediterráneo tuvo contacto con las costas e islas atlánticas. Así, diversos escudos españoles estaban flanqueados por dos columnas envueltas en una cartela con el contundente lema "Non plus ultra". No había nada más allá-

Pero tampoco entonces faltó algún que otro aventurero inquieto (y molesto). Sabemos de al menos dos, Leif Ericsson y Cristobal Colón, aunque puede haber habido otros. Colón se atrevió a pensar de forma diferente a la gran mayoría de sus coetáneos. Y tenía razón. Más allá de los límites del non plus ultra aceptado como dogma había muchas cosas más.

Su avenura, una vez aceptada y asimilada, generó tanto entusiasmo que incluso el lema del escudo fue cambiado a "Plus ultra" Posteriormente, cuando las colonias inglesas de Norteamérica se independizaron, adoptaron como propia la moneda española, acuñada con el oro de las explotaciones coloniales y marcada con el escudo y las columnas de Hércules. Y cuando por fin crearon su propia divisa, el dólar, siguieron representando una columna con su correspondiente cartela, lo que evolucionó hasta convertirse en este signo:

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Las columnas siguen en pie

Actualmente, las exploraciones de Colón o de los fenicios nos impresionan poco: nos subimos a un avión y en unas horas estamos en Nueva York o en Shangai, y sabemos desde pequeños que la tierra es esférica. Sin embargo, en nuestra mente sigue habiendo unas columnas de Hércules que nos marcan los límites entre lo comunmente aceptado y lo peligrosamente distinto. Non plus ultra sigue siendo la postura más cómoda y segura. La sabiduría popular, la fuerza del hábito y el temor a salirse de la norma son aún la prisión más inexpugnable, aunque son tan arbitrarios e irracionales como las Columnas de Hércules de los griegos.

Aunque no nos atrevamos a compararnos con Colón, con Dylan, con Ghandi o con Jobs, debemos saber que si vamos más allá de las columnas que nos marcan los límites, podemos encontrar otros mundos. Pero hace falta mucho valor para pensar diferente.



 

 

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