De repente,
Nuria
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Nuria Almirón
es una de las personas que más han hecho por la información
maquera en este país. Esta columna es una muestra de
lo que se puede leer en su
nuevo site... y un recordatorio de que sigue habiendo gente
que escribe lo que piensa, y encima piensa que da gusto.
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Milenarismos, símbolos y otros efectos psicológicos
30-12-1.999
Me permitiréis que en fechas tan especiales no dedique esta
columna a ninguna nueva tecnología, ni al Macintosh ni siquiera
a Internet. La llegada del año 2000 y abandono de la primera
decena en la primera mitad de nuestra forma de contar los años
ha generado tanta polémica que se me hace irresistible abstenerme
de comentar algunas cosas (entre ellas que el Mac OS estaba preparado
para ello desde hacía unos cuantos años ;)).
La verdad es que, sin ánimos de ir de purista, no puedo comprender
por qué tanto alboroto alrededor de una fecha absolutamente ficticia
y arbitraria. Mejor dicho, sí lo comprendo. A nuestra sociedad
nos encantan las celebraciones, las cifras mágicas y las fechas
señaladas. Sólo que somos tan singulares que lo que sea
que celebren, simbolicen y señalen esas fechas parece traer sin
cuidado a la mayoría. Y si bien es cierto, como me recordaba
un amigo hace poco, que el mejor fin de siglo no tiene porque ser el
matemáticamente exacto, también es cierto que ni uno ni
otro (ni el que celebramos ni el que matemáticamente deberíamos
celebrar) son fruto de otra cosa que no sea una forma como cualquier
otra de contar los años.
De los más de cuarenta calendarios que por lo visto actualmente
están vigentes en el mundo, el nuestro llega al 2000 este uno
de enero (los judíos van por el 5.760, los musulmanes por el
1.420, los chinos por el 4.636, y así un largo etcétera).
Cada uno se debe a una arbitrariedad distinta fruto de la necesidad
de computar de una u otra manera el paso del tiempo y de los oportunos
acontecimientos que cada sociedad da como puntos de partida válidos.
Nuestro acontecimiento especial es el año de nacimiento de Jesús
de Nazaret. ¿Quién lo decidió así? Evidentemente
la iglesia, creo que no es necesario recordar que vivimos en la sociedad
cristiana del planeta. Si no tengo mal entendido, en el siglo VI, concretamente
en el año 532.d.C., el Papa Juan I solicitó al monje y
astrónomo Dionisio el Exiguo que confeccionara un calendario
cristiano. Así fue como surgío la idea que los cristianos
contarán los años a partir del nacimiento de Jesucristo
y no del reinado de Diocleciano (emperador romano que por cierto había
perseguido a los cristianos con mucha saña) ni de la fundación
de Roma (otro acontecimiento más bien poco celebrable para un
cristiano). A Dionisio el Exiguo debemos pues que la historia, nuestra
historia, se dividiera en un antes y un después de Cristo.
De esta forma, el 1 de enero del año romano de 754 se convirtió
en el inicio del primer año de nuestra Era. Lo anecdótico,
y que ha generado la actual confusión, es que los romanos no
conocían la cifra cero así que del 1 antes de Cristo se
pasó directamente al 1 después de Cristo y por lo tanto,
matemáticamente hablando, no entraremos en el tercer milenio
de nuestra era hasta el 1 de enero del 2001.
Pero, como decía al principio, no es mi intención reivindicar
que las celebraciones de la entrada del nuevo siglo y del nuevo milenio
se aplacen un año para que cuadren los números sino simplemente
invitar a reflexionar sobre todo ello.
En definitiva, ¿qué es lo que celebramos con tanto ahínco?
¿Un cambio de siglo, de milenio, una cifra mágica? De hecho,
para ser exactos, esto no lo celebramos ni ahora ni el año que
viene pues según relataba un artículo del teólogo
Juan-José Tamayo del pasado 24 de diciembre en El País,
existe prácticamente un consenso generalizado entre los expertos
de que Dionisio el Exiguo se equivocó en 4 o 6 años al
calcular el año de nacimiento de Cristo, de manera que el dos
mil aniversario de su nacimiento habría tenido ya lugar entre
el 1994 y 1996. En suma, que se trata la nuestra de una celebración
simbólica, fruto de una forma de contar arbitraria y que para
colmo ni siquiera es exacta para con el punto de partida que se había
tomado como legitimador de su existencia. Así que no nos queda
nada más que el efecto psicológico de la cifra en sí
misma, vacía y sin mayor connotación que ser eso, un dos
seguido de tres ceros (efecto psicológico que los medios de comunicación
y el sector de la restauración y el ocio se han encargado de
potenciar y exprimir en todo su jugo, no lo olvidemos).
Nada más lejos de mi intención el intentar aguar la fiesta
a nadie. Igual de absurdo que la celebración de una cifra inexacta
que simboliza una forma de contar inicua me parece abogar por la celebración
en otra fecha más matemáticamente correcta (lo que se
hace en páginas como http://manifiesto2000.astrored.org/). Faltaría
más. Que cada cual celebre lo que quiera cuando quiera. Solo
que, puestos a hacerlo
¿por qué no celebrar los 200.000
años de la existencia de la humanidad o los 15.000 millones de
años de la explosión del universo? Tampoco son fechas
precisamente exactas pero al fin y al cabo mucho más simbólicas
y con un efecto psicológico potente como pocos. O tal vez no.
En tiempos de globalización e individualismos, de internacionalización
y nacionalismos, de erudición y culebrones, lo que para uno es
el cosmos para otro no es más que su ombligo. Mejor dejar a cada
uno que brinde por lo que quiera. ¡Feliz 2000 a todos!
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Núria Almiron
Nuria@blausoft.com