En la época de Internet,
la propia identidad ya no es lo que era.
22-12-2.000
En Zaragoza hay un estudio de
comunicación multimedia llamado Nemo. Me gusta
el nombre: evoca aventura, exploración de nuevas
fronteras, inmersión en mundos desconocidos.
Un nombre muy adecuado para un equipo que hace un trabajo
extraordinariamente potente y fuera de lo común.
Todo esto me ha puesto a reflexionar
sobre tres personajes de distintas épocas a quienes
sus respectivos autores llamaron Nemo, yo creo que con
una intencionalidad clara.
Nadie vuelve a casa después
de veinte años
Aunque La Ilíada
y La Odisea son historias ficticias, es evidente
que reflejan la sociedad en la que fueron compuestas.
Era un momento en que las viejas
certezas se erosionaban rápidamente y se abrían
innumerables oportunidades y amenazas. La Ilíada
tiene como trasfondo la crisis del viejo orden y sus
valores. La Odisea habla de los nuevos horizontes
que se abren ante la sociedad griega, sobre todo a partir
de las exploraciones y técnicas de navegación
heredadas de los fenicios.
Era inevitable que en un contexto
de cambios radicales se cuestionara la visión
del mundo e incluso la misma identidad del individuo
(quién soy yo).
En las aventuras de Odiseo es
muy común que los personajes, sobre todo el protagonista,
asuman otra identidad y adopten un nombre falso. En
este aspecto es significativo el episodio de Polifemo,
el cíclope que suele comerse a sus invitados.
Odiseo no se fía de él y al presentarse
asume un nombre falso: Nadie. (Oudeis en griego; Nemo
en las traducciones latinas.) Posteriormente, cuando
él y sus compañeros ciegan a su anfitrión
y se escapan, los vecinos del gigante, atraidos por
sus gritos, le preguntan quién le ha hecho daño.
Él responde que nadie.
Al margen del recurso ingenioso
del relato, el nombre de Nemo parece resumir la cuestión
de la identidad en flujo a la que se tiene que enfrentar
el protagonista: en los veinte años que ha estado
fuera de su casa, primero en la guerra y después
errante por mares e islas, ¿cuánto queda
de lo que era antes? ¿Hasta qué punto
sigue siendo la misma persona? Su identidad se teje
y desteje una y otra vez hasta que finalmente llega
a casa (disfrazado de mendigo) y aparentemente retoma
su vida donde la había dejado.
Aparentemente, porque habría
que saber si realmente le fue posible retomarla.
El capitán sin nombre
Quizá sea buscar demasiado
significado en las aventuras de Odiseo, pero al menos
así parece haberlas entendido Julio Verne cuando
dio a su célebre capitán errante el nombre
de Nemo. Se trata de otro hombre que ha perdido las
raíces y la conexión con las certezas
cómodas y tranquilizadoras de la propia biografía.
Un hombre que se llamaba Nadie.
Lá época de Verne
es también un momento de cambios radicales introducidos
por una explosión tecnológica que hacen
que se tambaleen los viejos supuestos y la visión
del mundo sufra un giro radical.
El pequeño viajero
Un poco después, en las
primeras décadas del siglo XX, cuando se descubre
(o redescubre) el subconciente como un continente por
explorar, el momento cuando el psicoanálisis
y el surrealismo transforman por completo el concepto
de la persona, otro creador genial -el dibujante de
historietas Winsor McCay- llama Nemo a uno de sus personajes.
En este caso es el Pequeño Nemo, un viajero que
cada noche se pierde en el mundo de las pesadillas más
irracionales y frecuentemente terroríficas, sólo
para recuperar, al despertar, su identidad perdida.
También se llama Nadie.
La importancia de llamarse
Nadie
La época de Internet
está produciendo fuertes cambios que afectan
nuestra forma de ver el mundo, trastocan mecanismos
fundamentales de la sociedad y la economía, e
incluso erosionan el concepto mismo de quién
somos.
Por un lado, tenemos más
libertad. Al márgen de lo que diga tu pasaporte,
puedes asumir diversos nicks e incluso inventarte una
biografía falsa si te da la gana. Según
el ya célebre chiste de la revista New Yorker,
en Internet nadie sabe que eres un perro.
Por otro lado, estamos más
vigilados que nunca: la información sobre nuestra
identidad se recoge en bases de datos y se comercializa
como una mercancía. Además algunos -los
más poderosos- cuentan con cookies y otros mecanismos
para controlar cada click de nuestro ratón. Por
tanto, cambiar de nombre y dar datos falsos es un pequeño
acto de resistencia, casi de sabotaje, con tintes de
guerrilla libertaria.
Yo me llamo Nemo, o al menos
lo intento. Supongo que tú, en ciertos momentos,
también.